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Palabras diarias de Dios | Fragmento 64 | "La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo III"

Palabras diarias de Dios 299  2020-05-31

Palabras diarias de Dios | Fragmento 64 | "La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo III"

Si queremos entender mejor lo que Dios tiene y es, no podemos detenernos en el Antiguo Testamento o en la Era de la Ley, sino que es necesario que nos movamos hacia adelante siguiendo los pasos que Dios dio en Su obra. Por tanto, cuando Dios puso fin a la Era de la Ley y dio comienzo a la Era de la Gracia, nuestros propios pasos han llegado a dicha era, un tiempo lleno de gracia y redención. En él, Dios volvió a hacer algo muy importante por primera vez. La obra en esta nueva era, tanto para Dios como para la humanidad, fue un nuevo punto de partida. Este nuevo inicio era otra nueva obra que Dios hizo por primera vez. Era algo sin precedentes que Él realizó y que ni los seres humanos ni todas las criaturas podrían imaginar. Es algo que todo el mundo sabe muy bien ahora: fue la primera vez que Dios se convirtió en un ser humano, que comenzó una nueva obra bajo la forma y con la identidad de un hombre. Esta nueva obra significaba que Dios había acabado Su obra en la Era de la Ley, que ya no haría ni diría nada bajo la ley. Tampoco hablaría ni llevaría nada a cabo en forma de ley ni según los principios o las normas de la ley. Es decir, toda Su obra basada en la ley se detuvo para siempre y no continuaría, porque Dios quería empezar una nueva y hacer cosas nuevas; una vez más, Su plan tenía un nuevo punto de partida. De manera que Dios tuvo que dirigir a la humanidad a la era siguiente.

Que estas noticias fueran gozosas o inquietantes para los seres humanos dependía de cuál fuera su esencia. Se podía decir que estas no eran alegres para algunos, sino preocupantes, porque cuando Dios inició Su nueva obra, los que sólo seguían las leyes y las reglas, y las doctrinas, pero no temían a Dios tenderían a usar Su antigua obra para condenar la nueva. Para estos, eran nuevas amenazadoras. Sin embargo, para todo aquel que fuera inocente y franco, sincero a Dios y dispuesto a recibir Su redención, Su primera encarnación fue una noticia muy gozosa. Y es que desde que hubo seres humanos, esta era la primera vez que Dios había aparecido y vivido entre la humanidad en una forma que no era el Espíritu; más bien había nacido de un ser humano y vivía entre las personas como el Hijo del Hombre, y trabajaba en medio de ellos. Esta “primera vez” rompió los conceptos de las personas y también superó toda imaginación. Además, todos los seguidores de Dios obtuvieron un beneficio tangible. Dios no sólo acabó con el viejo siglo, sino que también puso fin a Sus antiguos métodos y a Su modo de obrar. Ya no permitió que Sus mensajeros transmitieran Su voluntad ni se escondió más en las nubes ni se apareció o habló a los seres humanos de forma autoritaria por medio del trueno. A diferencia de cualquier otra cosa anterior, mediante un método inimaginable para los seres humanos que les resultaba difícil de entender o aceptar —hacerse carne—, se convirtió en el Hijo del Hombre para desarrollar la obra de esa era. Este paso sorprendió a la humanidad, y fue también muy incómodo para ellos, porque Dios había vuelto a empezar una nueva obra que nunca antes había llevado a cabo.

Extracto de “La Palabra manifestada en carne”

Recomendación:

Palabras diarias de Dios | Fragmento 58 | "La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo II"

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