Dios me guía para vencer la crueldad de los demonios

Por Wang Hua, provincia de Henán

Mi hija y yo somos cristianas y pertenecemos a la Iglesia de Dios Todopoderoso. Mientras seguíamos a Dios, mi hija y yo fuimos arrestadas y sentenciadas por el Gobierno del PCCh a reeducación por medio del trabajo. Fui sentenciada a tres años y, mi hija, a uno. Aunque fui sometida a una persecución inhumana y a daños por parte del Gobierno del PCCh, cada vez que estuve desesperada y en peligro, Dios estuvo ahí, cuidándome en secreto, protegiéndome y abriendo un camino para mí. Fueron las palabras de Dios Todopoderoso las que me dieron el valor y la motivación para seguir viviendo, me guiaron para vencer el tormento de ser cruelmente torturada y me ayudaron a perseverar a lo largo de tres años en esa prisión infernal. En medio de la adversidad, fui testigo del amor y la salvación de Dios Todopoderoso y experimenté la autoridad y el poder de Sus palabras. Me siento privilegiada por haber obtenido tanto y estoy decidida a seguir a Dios inquebrantablemente y a caminar por la senda correcta en la vida.

Antes de creer en Dios, dirigía un negocio. Me iba bastante bien y ganaba una cantidad respetable de dinero. Mientras me ocupaba de ganarme el sustento, también experimentaba las vicisitudes de la vida al máximo. No solo tenía que romperme la cabeza pensando cómo hacer dinero día tras día, sino que también tenía que lidiar con todo tipo de inspecciones por parte de toda clase de departamentos gubernamentales. Todos los días tenía que participar en pláticas hipócritas y mostrar una imagen falsa en mis interacciones con los demás. Sentía que esta forma de vida era tan dolorosa como agotadora, pero no tenía otra opción. Justo cuando había llegado al punto en el que estabacompletamente agotada —emocional y físicamente— por el trabajo, acepté el evangelio de los últimos días de Dios Todopoderoso. Vi que las palabras expresadas por Dios Todopoderoso revelan los misterios de la vida y exponen la fuente del dolor de toda la humanidad, así como la verdad de la corrupción del hombre infligida por Satanás. También muestran al hombre la senda de la luz que debe seguirse a lo largo de la vida y mi corazón de inmediato aceptó las palabras de Dios. Desde el fondo de mi corazón tuve la certeza de que esta era la obra del Dios verdadero y de que la fe en Dios era la única senda correcta en la vida. Me sentí muy afortunada de poder aceptar la obra de Dios de los últimos días y pensé en todas las personas en el mundo que eran iguales a mí, que vivían una vida vacía, que no podían encontrar dirección en su vida y que necesitaban la salvación de Dios Todopoderoso de los últimos días. Así pues, quise predicar el evangelio de los últimos días a más buscadores de la verdad para que aún más personas pudieran lograr la salvación de Dios. Movida por el amor de Dios, cuando hablaba sobre la obra de Dios o de Su salvación jamás podía decir lo suficiente y pude ganar algunos buscadores de la verdad auténticos después de predicarles: estaba emocionada. En aquel momento, mi hija acababa de graduarse de la preparatoria. Veía lo feliz que me había vuelto después de comenzar a seguir a Dios Todopoderoso y también vio que los hermanos y hermanas que venían a nuestra casa eran puros y amables, que todos se reunían para hablar abiertamente, cantar himnos y bailar y que siempre había una energía increíblemente cálida y alegre. Como consecuencia, comenzó a anhelar esta vida y tuvo un gran deseo de creer en Dios y seguirlo. A partir de entonces, manejábamos nuestro negocio durante el día y luego orábamos juntas, leíamos juntas las palabras de Dios, nos aprendíamos juntas los himnos y, por las noches, hablábamos acerca de lo que habíamos entendido de las palabras de Dios; nuestra vida estaba llena de alegría.

Justo cuando estábamos sintiéndonos más inmersas en el amor de Dios y reconfortadas por él, inesperadamente, la garra demoniaca del Gobierno del PCCh nos dio un zarpazo que nos provocó un dolor espantoso y desgarrador; fue un momento que jamás olvidaré. Era el 7 de diciembre de 2007. Mi hija estaba lavando la ropa en casa y yo me estaba arreglando para salir y llevar a cabo mi deber para la iglesia, cuando, de repente, cinco o seis policías vestidos de civil irrumpieron. Uno de ellos gritó: “¡Ustedes son creyentes en Dios Todopoderoso! Es más, ¡ustedes van y predican a los demás!” Luego señaló a mi hija y les dijo a otros dos policías: “¡Llévensela a ella primero!” y de inmediato los dos policías se llevaron a mi hija. Los demás policías comenzaron a registrar mi casa de principio a fin y hurgaron en las cajas y cómodas e, incluso, revisaron cada bolsillo de nuestras prendas. En cuestión de minutos, las camas y el piso estaban totalmente desordenados, incluso, se subieron a las camas con los zapatos de cuero puestos. Al final, se llevaron libros de las palabras de Dios, algunos discos, dos reproductores de CD, dos reproductores de mp3, 2000 yuanes en efectivo y un par de aretes de oro. Luego, me sacaron a empujones y me metieron en una patrulla. Les pedí que me dieran una explicación: “¿Qué ley hemos violado al creer en Dios? ¿Por qué nos arrestan?” Para mi sorpresa, declararon desvergonzadamente frente a todas las personas que observaban: “¡Nuestra especialidad es atraparlos a ustedes, los creyentes en Dios!” Estaba indignada. No eran la “policía del pueblo”. ¡Simplemente eran una pandilla de bandidos, rufianes y matones criminales del inframundo a los cuales se les había encomendado la tarea especial de reprimir a los justos!

Cuando llegamos al Departamento de Seguridad Pública, me esposaron y me llevaron a una sala de interrogatorios. Cuando vi lo feroces que se veían, no pude evitar sentir miedo y pensé: “Ahora que he caído en las manos de estos demonios y han encontrado tantos libros de las palabras de Dios y discos en mi casa, seguramente no me dejarán ir. Si no soporto su tortura y me vuelvo una Judas entonces seré conocida por toda la eternidad como alguien que traicionó a Dios!” Oré en silencio a Dios en mi corazón y le pedí que me protegiera y me guiara. Justo en ese momento, pensé en las palabras de Dios que dicen: “No daré más misericordia a los que han sido totalmente desleales a Mí en tiempos de tribulación, ya que Mi misericordia llega sólo hasta allí. Además, no me siento complacido hacia aquellos quienes alguna vez me han traicionado, y mucho menos deseo asociarme con los que venden los intereses de los amigos. Este es Mi carácter, independientemente de quién sea la persona” (‘Deberías preparar suficientes buenas obras para tu destino’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me hicieron darme cuenta de que Su carácter justo no tolera ofensas y que Dios no ama a quienes lo traicionan. Luego pensé en las palabras de Dios que dicen: “Aquellos en el poder pueden parecer despiadados desde afuera, pero no tengáis miedo, ya que esto es porque tenéis poca fe. Siempre y cuando vuestra fe crezca, nada será demasiado difícil” (‘Capítulo 75’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). “¡Sí!”, pensé. “No debo tenerles miedo. No importa cuán imponente sea este manojo de policías malvados, siguen estando en las manos de Dios y sin Su permiso no pueden dañar ni un solo cabello de mi cabeza por terribles que sean”. Las palabras de Dios me dieron fe y valor así que tomé una decisión ante Dios: “¡Oh, Dios! El momento de que me pongas a prueba ha llegado. Deseo ser testigo de Ti y juro por mi vida que jamás me convertiré en un Judas”. Después de concluir mi oración, mi corazón se tranquilizó. En ese momento, uno de los policías malvados que parecía ser su líder, me reprendió y me dijo: “¡Mujer estúpida! Todas las cosas que podrías haber hecho, pero, por supuesto, tenías que hacer que tu hija creyera también en Dios, ¿no es así? Ella es hermosa. Pudo haber ganado decenas de miles de yuanes al año vendiéndose a hombres ricos, ¡pero cree en Dios como una tonta! Dinos, ¿cuándo comenzaste a creer en Dios? ¿Quién te introdujo a ello? ¿Dónde conseguiste esos libros?” Cuando lo oí hablar sin parar, me puse furiosa. ¡No podía creer que un funcionario del Gobierno supuestamente digno pudiera decir cosas tan despreciables y desvergonzadas! A sus ojos, el que una persona venda su cuerpo es algo bueno e, incluso, animan a las personas a que vayan y hagan esas cosas malvadas. Sin embargo, a nosotros, que creemos en Dios, lo adoramos y buscamos ser personas honestas, nos etiquetan como criminales que actúan equivocadamente y nos volvemos blanco de duras represiones y arrestos. Al actuar de esta forma, ¿acaso no están defendiendo el mal, reprimiendo la bondad y asfixiando la justicia? ¡El Gobierno del PCCh es verdaderamente malvado y corrupto! Cuando vi cómo persistían en decir tantas tonterías y se negaban a escuchar cualquier explicación, supe que no había forma de hacerlos entrar en razón, así que mantuve la boca cerrada. Cuando vieron que me negaba a hablar, me llevaron de vuelta a una patrulla y me amenazaron, diciéndome: “Encontramos tantas evidencias en tu casa que si no te portas bien y nos dices todo, ¡te arrastraremos afuera y te dispararemos!” Cuando los escuché decir esto, no pude evitar sentirme aterrorizada y pensé: “Estas personas son capaces de todo. Si en verdad me disparan, jamás volveré a ver a mi hija”. Cuanto más pensaba en ello, más angustiada me sentía y continuamente llamaba a Dios en mi corazón y le pedía que lo protegiera y me librara del miedo y de las preocupaciones que tenía en mi interior. Justo entonces, vinieron a mi mente las palabras de Dios: “De todo lo que acontece en el universo, no hay nada en lo que Yo no tenga la última palabra. ¿Qué existe que no esté en Mis manos?” (‘Capítulo 1’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). “La fe es como un puente de un solo tronco: aquellos que se aferran miserablemente a la vida tendrán dificultades para cruzarlo, pero aquellos que están dispuestos a sacrificarse pueden pasar sin preocupación. Si el hombre tiene pensamientos asustadizos y de temor, está siendo engañado por Satanás. Él teme que crucemos el puente de la fe para entrar en Dios” (‘Capítulo 6’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). En ese momento, todo quedó claro: “Sí”, pensé. “Mi vida y la de mi hija están en las manos de Dios y Dios tiene la última palabra en cuanto a si vivimos o morimos. Estos demonios de Satanás no tienen control sobre nuestro destino. Sin el permiso de Dios nadie podría siquiera pensar en arrebatarnos la vida. Hoy Satanás está tratando de utilizar mi talón de Aquiles para amenazarme e intimidarme y espera que yo caiga presa de su astuto plan y ceda ante él. Pero no debo permitir que me engañe. Ya sea que viva o muera, estoy dispuesta a obedecer, pues preferiría morir a traicionar a Dios”. Al pensar esto, de inmediato encontré la determinación para pelear con Satanás hasta el final y ya no me sentí cohibida o temerosa.

La policía me llevó al centro de detención. Tan pronto como me llevaron al patio, los oficiales de la correccional me registraron con rudeza y me ordenaron que me quitara los zapatos y la ropa. Luego me obligaron a estar parada en el patio helado durante casi 30 minutos. Tenía tanto frío que apenas podía mantener el equilibrio; todo mi cuerpo temblaba violentamente y mis dientes castañeteaban sin cesar. Cuando no encontraron nada contra mí, uno de los oficiales de la correccional me llevó a una celda e incitó a la líder de prisioneras de la misma y a las demás internas, diciéndoles: “Ella es creyente en Dios Todopoderoso […]”. Tan pronto como dijo esto, las prisioneras se arremolinaron a mi alrededor y me hicieron bajarme los pantalones hasta los tobillos y luego subírmelos otra vez. Me obligaron a hacer esto una y otra vez mientras se reían de mí. Después de que se burlaron de mí y me insultaron, la líder de las prisioneras me hizo aprender cómo hacer cosas con plumas de pollo. Pero como este trabajo requería cierta habilidad y práctica, para el segundo día aún no lo había dominado, así que la líder de las prisioneras tomó una vara de bambú y salvajemente me golpeó las manos. Me las golpeó hasta que se me adormecieron del dolor y ni siquiera podía unir las plumas de pollo. Cuando me moví para recoger las plumas que habían caído al piso, la líder de las prisioneras se paró sobre mi mano y la machacó con su pie, lo cual me provocó un dolor punzante en los dedos como si me los hubieran arrancado. Pero aún no había terminado conmigo, así que volvió a tomar la vara de bambú y me golpeó la cabeza con ella varias veces hasta que me provocó mareo y los ojos se me nublaron. Finalmente, dijo con crueldad: “Tu castigo será que hoy tomes el turno de la noche. Mañana te interrogará la policía, así que tienes que hacer hoy el trabajo de mañana. Si no lo terminas, mañana te haré estar de pie la noche entera!” En ese momento, mi tristeza era inexpresable y me sentí deprimida. Pensé en que no podría soportarlo pues la policía malvada era cómplice de las prisioneras para lastimarme de esta manera; así pues, ¿cómo se suponía que sobreviviría los siguientes días? Desolada, lloré por lo injusta que era la situación; las lágrimas rodaban por mi rostro y hablé en silencio con Dios y le conté mis dificultades: “¡Oh, Dios! Ahora que estoy enfrentando las burlas y el tormento que esta pandilla de monstruos me está haciendo pasar, me siento muy sola, impotente y temerosa y no sé cómo podré soportar todo esto. Por favor guíame y fortaléceme”. Después de orar, Dios me hizo pensar en un pasaje de Sus palabras para esclarecerme: “Aquellos a los que Dios alude como vencedores son los que siguen siendo capaces de mantenerse como testigos, de conservar su confianza, y su devoción a Dios cuando están bajo la influencia de Satanás y bajo su asedio, es decir, cuando están entre las fuerzas de las tinieblas. Si sigues siendo capaz de mantener un corazón puro y tu amor genuino por Dios pase lo que pase, te mantienes como testigo ante Él, y esto es a lo que Él se refiere como ser un vencedor” (‘Debes mantener tu lealtad a Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me dieron gran consuelo y me permitieron comprender Su voluntad. Dios utiliza el acoso y la persecución de Satanás para perfeccionar al hombre, para permitirle escapar de la influencia de Satanás de modo que podamos ser convertidos en vencedores por Dios y entrar en Su reino. En este país oscuro y malvado gobernado por el Gobierno del PCCh, a las personas solo se les permite caminar por la senda del mal y no por la senda correcta. El objetivo del Gobierno del PCCh al hacer esto es corromper tanto a las personas que no puedan distinguir el bien del mal o lo correcto de lo incorrecto; hacer que defiendan la maldad y abandonen la justicia hasta que, finalmente, perezcan por haberse resistido a Dios. Solo al no capitular cuando las influencias oscuras acosan por todas partes y al aferrarse a la propia fe, la devoción y el amor ante Dios y al ser testigo para Dios, puede una persona convertirse en un auténtico vencedor, y solo al hacer esto se puede avergonzar a Satanás y permitir que Dios obtenga la gloria. Luego oré a Dios: “¡Oh, Dios! Estás utilizando a estos demonios de Satanás para Tu servicio, para poner mi fe a prueba y darme la oportunidad de dar testimonio de Ti. Al hacerlo, me exaltas, y creo que todo lo que está ocurriéndome en este momento ha sido orquestado por Ti y que Tú, en secreto, escudriñas todo. Deseo ser testigo de Ti y satisfacerte en esta prueba. ¡Solo te pido que me des fe y fortaleza y la determinación para soportar el sufrimiento de modo que, sin importar los tormentos que pueda enfrentar, no caiga ni me salga del camino!”

A las 9 de la mañana del tercer día, la policía me llevó a una sala de interrogatorios. Mostrándome el teléfono celular de mi hija, comenzaron a cuestionarme. “Los mensajes que están en este teléfono fueron enviados por usted. Usted dijo a su hija que iba a comprar una casa, así que parece que no está corta de efectivo”. Estos policías malvados eran verdaderamente despreciables: no dejaron piedra sobre piedra en su afán por exprimirme cada centavo. Respondí: “Solo estaba bromeando con ella”. La expresión del policía cambió abruptamente; tomó una libreta y comenzó a pegarme violentamente en la cabeza y en el rostro con ella hasta que me sentí mareada y la cara me ardía de dolor. Con los dientes apretados, dijo: “¡Dinos! ¿Dónde está tu dinero? Si no nos dices todo, te sacaremos a rastras y te dispararemos! ¡O serás sentenciada a una condena de ocho a diez años de prisión!” Dije que no sabía nada. Un policía alto e imponente se enfadó, se lanzó contra mí y, agarrándome por la parte trasera de la blusa, me lanzó unos dos metros por el piso. Luego, comenzó a patearme salvajemente la cabeza, la espalda y las piernas, diciéndome mientras lo hacía: “¡Esto te ganas por no confesar lo que sabes! Dices que no sabes nada, ¡pero solo un tonto te creería! Si no nos dices lo que queremos saber, ¡te golpearé hoy mismo hasta matarte!” Apreté los dientes y soporté el dolor; clamé a Dios constantemente en mi corazón: “¡Oh, Dios! Estos demonios son verdaderamente despiadados. Por favor, dame la fuerza para superar sus golpizas y protégeme para que pueda ser testigo para Ti”. Justo en ese momento, pensé en las palabras de Dios que dicen: “Los buenos soldados de Cristo deben ser valientes y depender de Mí para ser espiritualmente fuertes; deben pelear para volverse guerreros y combatir hasta la muerte a Satanás” (‘Capítulo 12’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). “Si aún tienes aunque sea un aliento de vida, Dios no te dejará morir” (‘Capítulo 6’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me dieron fe y fortaleza y también el valor para vencer la influencia que la muerte tenía sobre mí. En ese momento sentí el amor de Dios y vi que Dios estaba siempre a mi lado. Pensé: “Cuanto más me golpeen así, más veré su verdadero rostro como enemigos de Dios. Aun si voy a morir, jamás me rendiré ante ustedes. Si piensan que alguna vez voy a traicionar a Dios, ¡piénsenlo dos veces!” De inmediato sentí que mi cuerpo se relajó después de pensar esto. Esa mañana, alternaron entre golpearme e interrogarme y, por la tarde, me hicieron arrodillarme en el gélido y duro piso. Me torturaron todo ese día hasta el anochecer y, al final, me habían golpeado tan duro que me dolía todo el cuerpo de una manera insoportable y no tenía fuerzas para pararme. Vieron que no podían sacarme nada al interrogarme, así que me escoltaron de vuelta al centro de detención.

En el centro de detención, la oficial de la correccional de corazón endurecido nunca me permitió comer lo suficiente pero me sobrecargó con tareas. Me hizo trabajar durante más de 15 horas cada día, y si no terminaba el trabajo, hacía que la líder de las prisioneras me atormentara. Como acababa de empezar a hacer este trabajo y no lo desarrollaba con rapidez, la líder de las prisioneras tomó el martillo de acero que utilizaba en mi trabajo y me golpeó la cabeza con él. De inmediato se me formó un enorme chichón en la cabeza, después de lo cual me pateó y me golpeó hasta provocarme un dolor insoportable en todo el cuerpo y comenzó a salirme sangre por la boca. Al ser sometida a una tortura tan cruel, no pude evitar pensar en mi hija. Desde que fue arrestada, no tuve idea de las torturas por las que los demonios malvados la estaban haciendo pasar y, mucho menos, cómo le estaba yendo en prisión. Justo en ese momento, escuché un grito repentino que venía de la celda de hombres que estaba junto a la mía y una de las mujeres de mi celda dijo: “Aquí dentro, matar a alguien es como matar a un insecto. Uno de los prisioneros hombres no pudo soportar la tortura, así que corrió hacia las colinas detrás de la prisión. Cuando los policías lo encontraron, lo golpearon hasta matarlo y luego le dijeron a su familia que se había suicidado. Así como así, todo terminó en un encubrimiento”. Esta historia me aterrorizó y me preocupé todavía más por mi hija. Acababa de cumplir 19 años y jamás había tenido que sufrir en toda su vida, y, mucho menos, había experimentado algún tipo de dificultad como esta. Estos demonios que podían asesinar a alguien sin siquiera pestañear eran capaces de cualquier acto despreciable que uno pudiera imaginar, y yo no sabía si mi hija sería capaz de soportar la tortura y la crueldad de estos demonios. Como no tenía idea de si mi hija estaba viva o muerta, sentí una angustia profunda e, incluso en mis sueños por la noche, veía escenas terribles donde ella era torturada por esos demonios. A menudo despertaba de esos sueños con un sobresalto y luego me alteraba tanto que no podía volver a conciliar el sueño en toda la noche.

Al día siguiente, la oficial de la correccional encontró una excusa para decir que yo no estaba trabajando lo suficientemente duro y me golpeó en el rostro sin razón alguna. Me pegó tan duro en el rostro que me ardió la cara y los oídos me zumbaban. Sin embargo, eso no fue suficiente para ella y me gritó: “No creo que no podamos corregirte aquí, ¡así que te daré una probada de la temida ‘doncella de hierro’!” Luego dio una orden y otras cinco o seis personas vinieron y me cortaron tanto cabello que ya no parecía yo misma. Después me arrojaron al piso y me hicieron soportar la más terrible herramienta de tortura en toda la prisión: la “doncella de hierro”. Colocaron un anillo de hierro en mi cabeza, uno en cada mano y, luego, uno en cada pie, los cuales estaban unidos por barras de hierro. Una vez que estuve encadenada con estos instrumentos de tortura, ni siquiera pude permanecer de pie, sino que tuve que recargarme en la pared. La oficial de la correccional me hizo ponerme estos instrumentos de tortura todos los días de las cinco de la mañana hasta la medianoche (tenía que permanecer de pie durante las 19 horas) y dio órdenes a la líder de las prisioneras; le dijo: “Vigílala por mí. Si intenta dormir, ¡dale una patada!” De ahí en adelante, la líder de las prisioneras me vigiló todos los días y no me dejaba cerrar los ojos ni por un segundo. Como los anillos eran de hierro y estaban en todo mi cuerpo, sentía que me cortaban la circulación. Terminé totalmente incapaz de mantener los ojos abiertos, así que la líder de las prisioneras me insultó y, en una ocasión, también me pateó. Todo mi cuerpo comenzó a temblar y apenas podía soportar el dolor. Cuando llegaba el momento de dormir por la noche, cuatro prisioneros me subían a una enorme tabla que utilizaba para trabajar durante el día y a la mañana siguiente venían y me bajaban. A lo largo de esos días, hubo una terrible tormenta de nieve afuera y el clima estaba inusualmente frío. Para atormentarme, la odiosa oficial de la correccional me hizo llevar puestos esos anillos de hierro por siete días y siete noches. No podía comer, beber o ir al baño por mí misma. Cuando tenía que hacer mis necesidades, otras prisioneras que no habían logrado terminar su trabajo tenían que ayudarme. Todas las prisioneras estaban ocupadas todo el día, así que, cada vez que me alimentaban, lo hacían de forma desinteresada y muy rara vez me daban agua para beber. Sufrí mucho por el hambre y el frío y todos los días parecían una eternidad. Temprano cada mañana, cuando me bajaban de la enorme tabla, me sentía increíblemente angustiada pues no sabía si podría soportar otro día más. Solo anhelaba que llegara la noche y para mí habría estado bien si jamás hubiera vuelto a salir el sol. Como los anillos de hierro eran tan pesados, al segundo día que me hicieron traerlos puestos tenía las manos hinchadas y se me pusieron de color negro y púrpura, y parecía que mi piel fuera a abrirse. Todo mi cuerpo estaba hinchado como un globo y la hinchazón todavía no ha desaparecido por completo, después de diez meses. En ese momento estaba sometida a un tormento tan grande que la muerte parecía preferible a la vida y me encontraba al límite de mi resistencia al dolor. Así, supliqué a Dios en oración: “¡Oh, Dios! En verdad no puedo soportar este tormento. No quiero vivir, pero tampoco puedo morir. Simplemente te pido que te lleves mi aliento de vida, pues no quiero vivir ni un minuto más”. Justo cuando estaba haciéndole a Dios esta petición irracional, deseando morir como una forma de escapar de mi dolor, pensé en las palabras de Dios que dicen: “En la actualidad la mayoría de las personas no tienen ese conocimiento. Creen que sufrir no tiene valor […]. El sufrimiento de ciertas personas alcanza un cierto punto y sus pensamientos se vuelven a la muerte. Este no es el verdadero amor a Dios; ¡esas personas son cobardes, no perseveran, son débiles e impotentes! […] Por lo tanto, durante estos últimos días debéis dar testimonio de Dios. No importa qué tan grande sea vuestro sufrimiento, debéis seguir hasta el final, e incluso hasta vuestro último suspiro, debéis seguir siendo fieles a Dios y debéis seguir estando a merced de Dios; sólo esto es amar verdaderamente a Dios, y sólo esto es el testimonio fuerte y rotundo” (‘Sólo al experimentar pruebas dolorosas puedes conocer el encanto de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Como un ser humano, te debes consumir por Dios y soportar todo el sufrimiento. Porque el pequeño sufrimiento que estás experimentando ahora, lo debes aceptar con alegría y con confianza y vivir una vida significativa como Job, como Pedro. […] Vosotros sois personas que buscáis la senda correcta, los que buscáis mejorar. Sois personas que os levantáis en la nación del gran dragón rojo, aquellos a quienes Dios llama justos. ¿No es eso la vida con más sentido?” (‘Práctica (2)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios descendieron sobre mi sediento corazón como un dulce rocío. “Sí”, pensé. “Este es el momento en el que Dios necesita que yo dé testimonio de Él. Si muero porque no estoy dispuesta a sufrir dolor, ¿no me haría eso una cobarde? Aunque ahora estoy sufriendo crueldades y tormentos a manos de estos demonios, ¿no es lo más significativo y valioso poder dar testimonio de Dios y ser llamado justo por Dios? He seguido a Dios todos estos años y he disfrutado mucha gracia y muchas bendiciones que Él me ha dado; así pues, hoy, debo dar testimonio de Dios ante Satanás: es un honor hacerlo. Me aferraré a la vida sin importar lo mucho que sufra o lo difíciles que sean las cosas, para que el corazón de Dios pueda ser satisfecho”. Las palabras de Dios despertaron tanto mi corazón como mi espíritu y me permitieron comprender Su voluntad. Ya no quería morir; al contrario, solo quería soportar cualquier dolor y someterme a las orquestaciones y arreglos de Dios. Finalmente, terminaron los siete días y siete noches de castigo físico. Había sido torturada casi hasta la muerte; la piel de mis talones se había desprendido y capa tras capa de la piel alrededor de mi boca se había caído. Posteriormente, escuché a un prisionero en la celda contigua que decía: “Un prisionero fuerte y robusto de treinta y tantos años murió por esa tortura”. Cuando escuché esto, seguí dando gracias a Dios en mi corazón, pues yo sabía que no había sobrevivido simplemente porque había tenido suerte, sino gracias a la guía y protección de Dios. Fueron las palabras de Dios imbuidas con fuerza vital lo que me había mantenido con vida pues, de otra manera, dada mi constitución femenina y frágil, habría muerto por esa tortura mucho tiempo atrás.

Después de haber sufrido esta cruel tortura, en verdad fui testigo de la omnipotencia de Dios y, aún más, llegué a darme cuenta de lo impotente que soy. Durante esa prueba, ni siquiera pude cuidar de mí misma y, sin embargo, estuve preocupada por si mi hija podría permanecer firme o no: ¿será que había estado preocupándome simplemente por cosas producto de mi propia imaginación? El destino de mi hija estaba en manos de Dios y mi preocupación por ella no podía ayudarla en absoluto. Todo lo que hacía era darle una oportunidad a Satanás de molestarme y hacerme vulnerable a su engaño y a su daño. Todas las cosas son orquestadas y arregladas por Dios y yo sabía en ese momento que debía confiarle mi hija a Dios y recurrir a Él y confiar en que, como fuera que Dios me guiara por esta adversidad, también guiaría a mi hija por estos momentos terribles. Así pues, hice una oración a Dios y pensé en Sus palabras que dicen: “¿Por qué no los encomiendas a Mis manos? ¿No crees suficientemente en Mí? ¿O es que tienes miedo de que Yo haga disposiciones inapropiadas para ti? ¿Por qué siempre echas de menos tu hogar? ¡Y echas de menos a otras personas! ¿Ocupo Yo una determinada posición en tu corazón?” (‘Capítulo 59’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios corrigieron mi estado. “Así es”, pensé. “Las dificultades por las que pasan las personas y el dolor que sufren están predestinados por Dios. Dios ha permitido que mi hija pase por todo ese sufrimiento. Aunque tal vez yo no lo entienda y no sepa lo que le está ocurriendo, el amor de Dios ciertamente está detrás de todo ello, pues el amor que Dios tiene por el hombre es el más real y más verdadero. Deseo encomendar a mi hija a Dios para que sea Él quien tome el mando y haga los arreglos para ella, y estoy dispuesta a obedecer todo lo que venga de Dios”. Justo cuando solté todas estas cosas y estuve dispuesta a someterme a las orquestaciones de Dios, vi a mi hija en el juzgado. Me dijo a escondidas que Dios la había guiado para superar algunas dificultades y torturas y que había sido testigo de las bendiciones de Dios: Dios había movilizado a algunas prisioneras adineradas para ayudarla y algunas le habían dado ropa y otras le habían comprado cosas para que comiera y bebiera; cuando la líder de las prisioneras la molestaba con algún pretexto absurdo, alguien la defendía. Estas son, precisamente, algunas de las bendiciones que Dios otorgó a mi hija cuando estuvo en prisión. A través de estas experiencias, mi hija llegó a tener un cierto entendimiento de la obra maravillosa y sabia de Dios y pudo apreciar que el amor de Dios jamás puede ponerse en palabras. Estaba muy contenta de escuchar estas cosas de ella y mis ojos se llenaron de lágrimas de gratitud a Dios. En mi hija, vi una vez más la soberanía omnipotente de Dios y Sus obras majestuosas y vi que Dios siempre había estado guiándonos y protegiéndonos para que pudiéramos pasar por estas adversidades y esta persecución. Mi fe en Dios se fortaleció todavía más.

A lo largo de los días siguientes, la oficial de la correccional no prestó atención al hecho de que mi cuerpo estaba hinchado y adolorido y siguió forzándome a trabajar. Al poco tiempo, quedé tan exhausta que terminé con nuevas lesiones sobre las ya existentes y me dolía tanto la espalda baja que no podía sentarme erguida. En el momento en el que me movía o volteaba sentía dolores punzantes en cada hueso y articulación de mi cuerpo como si los hubieran partido en dos, así que me costaba trabajo dormir por la noche. A pesar de esto, la oficial de la correccional no me dejó en paz y, más bien, hizo que la líder de las prisioneras me hostigara en cada oportunidad. Como no tenía dinero para comprarles cosas para comer, la líder de las prisioneras pateó violentamente la parte inferior de mi cuerpo, ante lo cual yo, de manera instintiva, me quité y traté de esconderme. Su frustración se convirtió en rabia y me pateó y me pisoteó desenfrenadamente. Como lo que comíamos no tenía aceite, a menudo estaba estreñida y, si pasaba mucho tiempo sentada en el baño, me maldecían y me castigaban obligándome a vaciar la cubeta del baño durante más de diez días. Encontraban cualquier razón arbitraria para castigarme haciendo que tomara los turnos de otras y permaneciera en guardia toda la noche. También decían que utilizaba demasiada materia prima cuando trabajaba así que me multaban con 50 yuanes. La oficial de la correccional aprovechó la oportunidad para llevarme a la oficina y trató de engañarme, diciéndome: “Si me dices con quien más creías en Dios, le pediré al presidente del tribunal que reduzca tu sentencia y ya no te multaremos con estos 50 yuanes”. Estos policías malvados tenían muchos planes astutos bajo la manga y alternaban entre tácticas suaves y duras y probaban cada estrategia que pudiera ocurrírseles para hacerme traicionar a Dios, ¡pero todo fue en vano! Rechacé su oferta.

El 25 de agosto de 2008, el gobierno del PCCh me acusó de “unirme a una organización xie jiao y de obstruir la aplicación de la ley” y me sentenció a tres años de reeducación por medio del trabajo. Luego me escoltaron al campamento de trabajo provincial femenil para cumplir mi sentencia. Mi hija fue sentenciada a un año de reeducación por medio del trabajo que habría de cumplir en el centro de detención local.

Después de dos semanas en prisión, los guardias quisieron separar a los prisioneros en distintos grupos de trabajo. Yo había escuchado que el trabajo realizado por los prisioneros de la tercera edad era un poco más ligero y pensé en cómo mi cuerpo había quedado gravemente dañado y casi inservible en el centro de detención, y en cómo yo ya no tenía la fuerza para llevar a cabo labores físicas pesadas. Oré a Dios al respecto y le pedí que abriera un camino para mí. Si Él verdaderamente necesitaba que yo siguiera experimentando ese tipo de situación, entonces estaría dispuesta a obedecer. Doy gracias a Dios por haber escuchado mi oración pues, efectivamente, fui enviada al grupo de trabajo de los prisioneros de la tercera edad. Todos los demás decían que esto era inaudito, pero yo sabía bien en mi corazón que todo esto había sido orquestado por Dios y que Dios estaba mostrándome compasión por mi debilidad. En el grupo de prisioneros de la tercera edad, las guardias hablaban muy amablemente: “A quien trabaje duro y se esfuerce se le reducirá su sentencia. No favorecemos a nadie […]”. Les creí cuando dijeron esto y pensé que los guardias de ahí eran un poco mejores que los oficiales de la correccional en el centro de detención. Así pues, me metí de lleno en el trabajo y terminé entre las 10 primeras trabajadoras más productivas, de casi 300. Cuando llegó el momento de anunciar la lista de personas cuyas sentencias iban a ser reducidas, las guardias de la prisión solo acordaron reducir la sentencia de aquellas a las que les gustaba pelear y les compraban regalos: mi sentencia no fue reducida ni un solo día. Una prisionera trabajó a morir para lograr que le redujeran la sentencia, pero, para su sorpresa, los guardias de la prisión simplemente dijeron: “¡Debemos mantener a alguien tan capaz como tú aquí de por vida!” Cuando escuché esto, me odié por mi estupidez, por no entender la esencia cruel y brutal del Gobierno del PCCh y por haberme creído sus mentiras. De hecho, hace mucho tiempo, Dios dijo: “Sobre la raza humana, el cielo desciende, tenebroso y sombrío, sin un atisbo de claridad, y el mundo de los humanos está sumergido en una oscuridad total, de modo que cualquiera que vive en él no puede ni siquiera ver su mano extendida frente a su rostro, ni el sol al levantar la cabeza” (‘Lo que significa ser un verdadero hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”). Al comparar las revelaciones de las palabras de Dios con los hechos de la realidad, finalmente vi que el Gobierno del PCCh no es más que oscuridad e inmundicia desde lo más alto hasta lo más bajo, sin el más mínimo rastro de equidad o justicia. Esos policías malvados solo podían engañar y embaucar a las personas con mentiras y eran simplemente incapaces de tratarnos como seres humanos. Para ellos, los prisioneros no eran más que herramientas para hacer dinero: cuanto más capaces eran los prisioneros, menos probable era que su sentencia fuera reducida. Los guardias de la prisión querían personas que les sirvieran todo el tiempo y que trabajaran como mulas de modo que ellos pudieran sacarles todavía más dinero. Para aumentar la producción, el policía malvado ni siquiera nos dejaba ir al baño y varias veces no pude aguantarme y me oriné en los pantalones. Como me destaqué por la cantidad de trabajo que podía cumplir, el equipo de trabajo principal arregló que me transfirieran para convertirme en una “persona que marca la pauta”. Ya había visto su horrible rostro claramente y sabía que si era transferida entonces muy seguramente ejercerían más presión sobre mí para que trabajara más duro. Tenía miedo de ser transferida, así que constantemente llamaba a Dios: “¡Oh, Dios! Sé que esto es una trampa que los demonios me han puesto pero no hay forma de escapar de ella. Por favor, abre un camino para mí”. Para mi sorpresa, después de decir esta oración, a pesar del clima caliente mis manos se pusieron frías, se me engarrotaron los dedos y se tornaron azules. La oficial de la correccional del equipo de trabajo principal dijo que estaba fingiendo y obligó a otras dos personas a que me llevaran arriba a trabajar. Todo lo que pude hacer fue clamar desesperadamente a Dios y el resultado fue que terminé cayendo del tercer piso al segundo. Cuando vieron esto, sintieron temor así que me dejaron regresar con el grupo de trabajo de los adultos mayores. Posteriormente, me di cuenta de que mi cuerpo no había sufrido ninguna herida en absoluto; una vez más, había sido testigo de la protección de Dios hacia mí.

En prisión, los creyentes en Dios Todopoderoso son etiquetados como prisioneros políticos y los demonios del PCCh nos vigilan todo el tiempo, lo cual significa que ni siquiera tenemos el derecho de hablar. Si hablaba con alguien, los guardias de la prisión nos veían y luego nos preguntaban de qué habíamos estado hablando. Por la noche, hacían que la líder de las prisioneras me vigilara para ver si discutía cuestiones de fe con otras personas. Cuando alguien de mi familia venía a visitarme, los guardias de la prisión hacían que me aprendiera algunas frases que difamaban a Dios y si no se las decía, entonces, a propósito interrumpían mis conversaciones con mi familia (lo cual significaba que tendría menos tiempo para hablar con ellos). Como sabía que decir tales cosas ofendería a Dios, cuando me encontraba en esta situación oraba en silencio a Dios y le decía: “¡Oh, Dios! Esto es Satanás que trata de tentarme. Por favor, protégeme y evita que diga cualquier cosa que pudiera ofender Tu carácter”. Como nunca dije nada de lo que ellos querían que dijera, al final los guardias de la prisión no pudieron hacer nada al respecto.

Tres años en prisión me permitieron ver claramente el verdadero rostro del Gobierno del PCCh. Actúa de una forma delante de las personas y, luego de otra a sus espaldas; ante el mundo exterior, presume de “libertad de religión”, pero entre bastidores persigue y perturba la obra de Dios en todas las formas posibles y arresta frenéticamente a los creyentes en Dios, obtiene confesiones de ellos a través de la tortura y abusa de ellos con crueldad. Utiliza los medios más despreciables que alguien pueda imaginar para forzar a las personas a rechazar a Dios, traicionar a Dios y entregarse a su poder despótico para lograr su objetivo malvado de subyugar y controlar a las personas en todo momento. La humanidad fue creada por Dios y debería adorarlo. Sin embargo, el Gobierno del PCCh hace todo lo posible por ahuyentar la venida de Dios, por impedir que las personas crean en Dios, prediquen el evangelio y den testimonio de Él, y, al hacerlo, queda completamente expuesta su esencia malvada que es tanto perversa como contraria al Cielo. Después de experimentar esta persecución y adversidad, aunque mi carne sufrió cierto dolor, no tengo quejas ni arrepentimientos, pues he obtenido mucho de Dios. Cuando me sentía débil e impotente, fue Dios quien me otorgó fe y fuerza una y otra vez y me permitió encontrar la determinación para luchar contra Satanás hasta el final; cuando me sentí afligida y abatida, triste y desesperada, fue Dios quien utilizó Sus palabras para consolarme y alentarme; cuando estaba al borde de la muerte, fueron las palabras de Dios las que me dieron la motivación para sobrevivir y el coraje para seguir viviendo; cuando estuve en peligro, Dios extendió Su mano de salvación en el último minuto, me protegió y me ayudó a escapar del peligro y me llevó a un lugar seguro. A través de esta experiencia, no solo logré ver más claramente la esencia opositora a Dios del demonio Satanás y llegué a odiarlo más profunda y completamente sino que, al mismo tiempo, también pude tener cierto entendimiento de las maravillosas obras de Dios así como de Su amor y salvación. Pude apreciar verdaderamente la bondad y la humildad de Cristo y del sufrimiento que Él soportó para salvar a la humanidad y mi fe y mi amor por Dios se hicieron más profundos.

Después de salir de prisión, como los demonios del PCCh abrieron brechas entre nosotros, mis amigos y mi familia me rechazaron y me evitaron. Mis hermanos y hermanas en la iglesia, sin embargo, se preocuparon por mí y me cuidaron, y me dieron todo lo que necesitaba para volver a comenzar mi vida; al hacer esto, me dieron una sensación de calidez que habría sido difícil encontrar en cualquier otra parte. Doy gracias a Dios por salvarme: no importa lo difícil que pueda ser el camino que está delante de mí, seguiré a Dios hasta el final y buscaré vivir una vida con sentido para retribuirle Su amor.

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